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El fuego arrasa el Amazonas y la humanidad pierde biodiversidad

Los gigantescos incendios en la gran selva brasileña exhiben una política de escasa protección al medio ambiente que se replica en otras latitudes. Nuestro país, por ejemplo, es una de las diez naciones más desforestadoras del mundo.

Por Enrique Viale

Amazona- foto 2

En los primeros días de agosto, poderosos hacendados brasileños organizaron el denominado “Día del Fuego”. Allí quemaron áreas para pastoreo animal y zonas en proceso de deforestación. Y lo hicieron envalentonados por la retórica anti-ambientalista y anti-indígena del presidente Jair Bolsonaro, que viene insistiendo desde su asunción en la necesidad de “avanzar sobre la Amazonía” y negar los derechos territoriales de los pueblos originarios que ancestralmente viven allí.

Un documento elaborado en mayo de este año, por ocho ex ministros de gobiernos brasileños de los últimos treinta años, ya había alertado que el presidente Bolsonaro estaba destruyendo sistemáticamente las políticas de protección ambiental de Brasil. En efecto, los débiles aparatos administrativos de protección al ambiente fueron desmantelados o debilitados metódicamente.

En este sentido, el presidente brasileño destituyó hace semanas a Ricardo Osorio, director del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE), por divulgar que la parte brasileña de la Amazonía había perdido más de 3.000 kilómetros cuadrados de área boscosa desde enero de este año. Asimismo, transfirió al Ministerio de Agricultura la demarcación de tierras indígenas y el Servicio Forestal Brasileño y eliminó la Agencia Nacional del Aguas, la Secretaría de Cambio Climático y debilitó las funciones del Instituto Chico Mendes para la Conservación de la Biodiversidad.

Por ello insistimos en subrayar que este brutal incendio en la Amazonía no es de origen natural. Se lo cuestiona a Bolsonaro no solo por la inacción en combatir los incendios sino, principalmente, porque generó y apaño las condiciones para que este desastre ocurra: alentó que el agronegocio extienda su frontera agropecuaria para profundizar el modelo de soja transgénica y ganadería intensiva. Bolsonaro es parte de ese modelo, su principal promotor junto a la poderosa bancada ruralista brasileña. Y ese modelo nos está llevando a un suicidio colectivo mundial que tiene al presidente brasileño como el Nerón del siglo XXI.

Una situación desesperante
La situación es realmente desesperante. Se están devastando, con guiño gubernamental, no solo la mayor biodiversidad del planeta sino reservas indígenas enteras. Los pueblos originarios claman ayuda, ellos conviven con el bosque, es su despensa, su farmacia, su forma elemental de vida. Con su entorno destruido, terminarán formando parte de los cordones populares de las atiborradas megaciudades brasileñas. Por esta combinación de elementos, por sus consecuencias generalizadas, esta catástrofe apunta a convertirse en la que inaugure a nivel global la figura de “ecocidio”. No puede ni debe quedar impune.

En la Argentina, la problemática es parecida pero sin los espectaculares incendios que llamaron la atención mundial. Según la FAO (ONU) nuestro país está entre los diez países que más deforestan a nivel mundial, unas 300.000 hectáreas por año en promedio.

Durante los últimos 35 años se perdieron 12 millones de hectáreas de zonas boscosas solamente en la ecorrregión del Gran Chaco argentino. Y también su responsable es el agronegocio que avanza sobre bosques nativos y territorio indígena y campesino. La clase política argentina, salvo raras excepciones, no comprende que la problemática socioambiental se ha convertido en un eje central de las relaciones internacionales. Sobrepasando barreras ideológicas, los países se van alineando detrás de sus políticas ambientales y climáticas.

Variante determinante
El comercio internacional tiene esta variable como un determinante fundamental: ¿Qué pasaría con la economía argentina si el resto del mundo decide dejar de comprar la soja transgénica argentina por sus nefastas consecuencias tanto en los procesos de deforestación de bosque nativo como por la aplicación masiva de agroquímicos y su masivo impacto sanitario y ecológico?

La misma pregunta podríamos hacerla con el yacimiento de hidrocarburos no convencionales Vaca Muerta, principal apuesta de todos los gobiernos. Detrás de él se abrigan las esperanzas de un futuro promisorio (que en realidad nunca llega). Pero el mundo va en otra dirección ante la crisis climática que tiene a los combustibles fósiles como principal responsable. En no mucho tiempo quizá no haya mercados internacionales para comercializar los excedentes de Vaca Muerta.

Con este contexto cabe preguntarse: ¿Servirá esta desgracia para abrir el debate sobre el modelo de (mal) desarrollo imperante en América Latina? Suena paradójico, pero nuestra riqueza genera nuestra propia pobreza. Por las crisis económicas persistentes pareciera que nunca fuera el momento oportuno para debatir sobre la problemática socioecológica.

Lo que no se comprende es que estas crisis son fuertemente exacerbadas por el modelo de (mal) desarrollo reinante en la región, que nos pone en el lugar de ser exportadores de naturaleza (materias primas) como si fuese el único camino. En otras palabras, gran parte de la crisis económica está relacionada con el modelo de maldesarrollo que lleva la región adelante.

Todo ello se ve exacerbado por el mito “eldoradista”, que rebasa cualquier barrera político-ideológica, que se encuentra en el ADN de los habitantes de la región desde la conquista. El mito “eldoradista” está ligado al súbito descubrimiento material (de un recurso o bien natural), que genera un excedente, pero un excedente como magia. Asociado a la idea de la naturaleza americana extraordinaria fue cobrando forma este mito como uno de los más fundantes y primigenios en América Latina.

Modelos productivos
Y así se consolidan los modelos productivos que presentan una dinámica territorial de ocupación intensiva del territorio y el acaparamiento de tierras, a través de formas ligadas al monocultivo (responsables del desastre de la Amazonia).

Esta dinámica extractivista inserta a los países del sur como proveedores de materias primas, reformulando una vez más las históricas asimetrías entre el centro y la periferia, en el marco de la división internacional del trabajo, tal como aparece reflejado en la distribución desigual de los conflictos socioambientales y en la reprimarización de las economías.

Queda fuera siempre de los debates que el “desarrollo”, en tanto reedición de los estilos de vida de los países centrales, resulta irrepetible a nivel global. Dicho estilo de vida –consumista y depredador– ha quebrado el equilibrio ecológico global, y margina cada vez más masas de seres humanos de las (supuestas) ventajas del ansiado desarrollo. Y que su promesa de progreso termina siendo como un fantasma que nunca se puede atrapar. Es la historia de América Latina desde la conquista. Lo cierto es que ningún país del sur ha logrado bienestar social, cultural y económico apelando a la sobre-explotación de sus bienes naturales.

Es indudable que los gobiernos tienen que repensar estos modelos en la región. Debemos animarnos a debatir este falso consenso que tiene atrapado a gran parte de la clase política, y debemos hacerlo más que nunca en época electoral. No podemos seguir este camino: no tiene destino, no solo ecológico ni social, sino tampoco económico.

Fuente: Revista Ñ
30/8/2019