El planeta está en tiempo de descuento

Jorge Riechmann denomina al siglo XXI como “el siglo de la gran prueba” o como “la era de los límites” y agrega: “estamos consumiendo el planeta como si no hubiera un mañana”; lo que hace falta son transformaciones estructurales profundas, y agrega que ya no podemos confiar en que será la generación de nuestros nietos la que las lleve a cabo, porque estamos en “tiempo de descuento”.

Riechmann lo cuenta en Autoconstrucción, uno de esos libros que funcionan como un martillo en las conciencias, que sacuden el letargo y conducen a plantear la gran pregunta: ¿Estamos aún a tiempo de salvar el planeta? Es un interrogante que el propio autor abre una y otra vez en un ensayo esclarecedor que nos invita a tomar conciencia de la urgencia de la lucha ecológica, de la necesidad de avanzar lo más suavemente que se pueda hacia sociedades de la sobriedad, de la contención, de otro tipo de realizaciones y plenitudes no asociadas a la adquisición constante de pertenencias, de propiedades, de productos de consumo. En suma hablamos de la urgencia de cambiar el sistema de producción y apropiación de la riqueza.

Emma Rodríguez, autora de un interesante reportaje rescata lo que dice Riechmann, Profesor titular de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid, traductor, poeta, ensayista y  miembro de Ecologistas en Acción,:. “Jamás se ha hablado tanto sobre las desigualdades sociales, jamás se ha hecho tan poco para reducirlas… Nunca se ha hablado tanto de los daños ecológicos, y nunca se ha hecho tan poco para delimitarlos”.

Todo parece estar en contra, pero para este militante español, no cabe la resignación, la no resistencia: “Hay esencialmente dos opciones político-morales. La de quienes desean un mundo de amos y esclavos, por una parte; y la de quienes luchan por un mundo de iguales. Al poder del dinero y de las armas, el segundo grupo solamente puede oponer la fuerza de la organización”.

En el reportaje realizado por Emma Rodrigues, resalta que:“Más allá de circunstancias concretas, tendríamos que referirnos a un negacionismo mucho más vasto que se refiere a todo lo que tiene que ver con los límites al crecimiento, y eso es mortal porque nuestra situación, nos pongamos como nos pongamos, es que las leyes de la naturaleza, de la física, de la química, de la dinámica de los seres vivos, son las que son, no vamos a cambiarlas, por grandes que sean nuestras ilusiones a ese respecto, y el conflicto esencial que se plantea, que estaba en ese debate de los años 60 y 70, es el choque de las sociedades industriales contra los límites biofísicos del planeta, que se ha ido agravando y agudizando cada vez más. Hacia 1980, fue cuando ésta superó la biocapacidad del planeta para seguir creciendo después. Según los investigadores, ahora estamos en el 150% de la capacidad del planeta. Y esa situación no durará demasiado, porque estamos, como se dice a veces, consumiendo el capital, no los intereses, empleando en este caso la habitual metáfora financiera. Estamos sobreexplotando los recursos y las capacidades de absorción de contaminación, de una forma que es insostenible. Parece que consumimos el planeta como si no hubiera un mañana, reflexiona Riechmann.

En definitiva, el síntoma se llama calentamiento climático, pero la enfermedad se llama capitalismo.

Aquí reside el centro de la realidad, en un mundo donde impera el capitalismo el único camino es instrumentar una resistencia global para salvar el planeta, no alcanza con que existan miles de movimientos de resistencias parciales al avance de la lógica de acumulación capitalista, al actual sistema productivo y al concepto de modernidad que nos han impuesto. Riechmann dice –en el reportaje mencionado- “no podemos de verdad ecologizar esta sociedad sin chocar frontalmente con el capitalismo. Si queremos ir hacia una economía ecológica hacen falta rupturas con el capitalismo y eso son palabras mayores”.

Nosotros podríamos sumar que la base económica capitalista, en la que se sostiene la economía de nuestro país, es absolutamente extractivista. Que es impiadosa y asesina. La minería a cielo abierto, el fracking, la sojización de nuestro campo con el consiguiente uso de millones de toneladas agrotóxicos son síntomas de lo que estamos hablando. Como ejemplo, Riechmann analiza que: “a escasez de fuentes de energía fósiles, que lleva a la agonía de un modelo que se alarga artificialmente, utiliza vías practicas como el fracking, en vez de apostar por invertir en el camino de las renovables”.

Quizás un elemento final que deberíamos sumar, aunque se desprende de lo que se viene analizando, es que cuando hablamos de ambiente (o Medio Ambiente como se suele decir) nos estamos refiriendo siempre a la salud humana. Cada agresión ambiental, por pequeña o insignificante que parezca, tiene contenido sanitario.

Es por ello que cada batalla por cuidar nuestros espacios verdes (costa de Bernal y de Hudson) y el Parque Pereyra; impedir los basurales a cielo abierto y reclamar una tratamiento integral de los residuos; luchar por el agua y el saneamiento; levantarnos contra el electromagnetismo; evitar que contaminen ríos y arroyos, es parte de la batalla integral por salvar al planeta, se eleva por encima de una lucha reivindicativa y se incorpora a la lucha global.

El desafío es si desde abajo seremos capaces de formar ese gran movimiento global para pararles las manos y salvar la vida en el planeta.

 

El reportaje completo de Emma Rodríguez lo podés ver en: http://www.nuevatribuna.es/articulo/cultura—ocio/sintoma-llama-calentamiento-climatico-enfermedad-llama-capitalismo/20150501124804115361.html

 

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