El comienzo de una larga amistad

Por José María Martocci* | Conocí a la gente del Foro en una asamblea vecinal, en una plaza, hace unos años. Ahora pienso que no podía ser de otro modo pues el territorio que la militancia del Foro ocupa es el espacio público. Cree en él, lo habita con sus proclamas y reclamos, lo transforma en comunidad, en identidad común. No hablo de la pulcra vereda del vecino o el cordón pintado de amarillo para dejar libre la entrada al garaje. No. El espacio común del Foro es el de las marchas, de los cortes, de la palabra de denuncia, de la palabra que esclarece, de la palabra que acompaña.

Nuestro encuentro fue, para el espacio de Clínica Jurídica que me toca conducir en la Facultad de Derecho platense, el comienzo de algo nuevo. En lo personal, la posibilidad del cruce del derecho con la comunidad que lo espera; algo así como una conciliación entre los derechos humanos declamados –casi siempre pendientes- y los intereses populares. Y con esto un largo aprendizaje acerca de lo que se produce cuando el derecho queda en manos de sus titulares y hace posible la transformación de nuestras vidas. Es decir, cuando el derecho es, en verdad, una herramienta para conquistar una vida digna, sin postergaciones, para resistir las profundas desigualdades que los modelos socio económicos vigentes producen en la distribución de los bienes fundamentales.

Pero además, en este encuentro entre los derechos humanos y las poblaciones vulneradas, el derecho se sacude sus vicios burocráticos, su lejanía, sus rutinas urbanas, sus representaciones, su lenguaje cifrado, y al ser esgrimido por sus propios titulares, completa su misión bajando a tierra su verbo de enunciados generales, haciéndolos efectivos, vivos en las existencias reales. Y en esta experiencia común hemos visto que aquella fuerza que los derechos humanos no consiguen en su simple enunciación normativa, la logran cuando quedan en manos de la propia comunidad, cuando habitan la lengua popular de los reclamos.

A esa primera ocasión en el tórrido verano de Berazategui, donde el Foro y la comunidad de El Pato se oponía a la instalación de una planta de reciclado de basura en una zona agrícola, le siguieron incansables reclamos y acciones concretas ligadas al medio ambiente, a los basurales, a la vivienda, al derecho a la ciudad, a la niñez vulnerada, a la violencia institucional, al derecho al agua, entre tantos. O acciones para proteger los humedales, los bosques nativos y los arroyos que atraviesan nuestra región. Hemos promovido incluso planteos novedosos y que harán historia en el litigio estructural y en el impulso de políticas públicas sociales, como la que el Foro encabezó en el Barrio 3 de junio para trasladar a una comunidad marginada de todo y viviendo bajo redes de alta tensión, hacia una nueva urbanización que reúna condiciones de vida digna.

El Foro y las poblaciones movilizadas de estas regiones nos han hecho pensar y repensar, inventar formas nuevas, nuevas argumentaciones, revisar convicciones gastadas, reafirmarnos en otras, estar despiertos en la zona de conflicto entre los derechos y su vulneración estructural.

En el tiempo que me ha tocado compartir con el Foro y con esa comunidad del afecto que conforman militantes y familias, se ha fortalecido en mí una búsqueda en el derecho que no se agota en el enunciado de la ley, sino que es precisamente en ella donde comienza su potencia emancipatoria, su posibilidad de encuentro con el más débil, con el ofendido y violentado, con aquellos colectivos a quienes el mercado reserva roles subalternos, destituidos. He entendido que el derecho puede ser un discurso y una praxis de impugnación de ese orden injusto, siempre y cuando confluya trabaje y dialogue con sus colectivos olvidados. En la Clínica Jurídica en Derechos Humanos de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de La Plata tratamos de hacer posible este encuentro, de hacerlo nacer en cada asamblea barrial, en cada demanda que entablamos, en cada audiencia en los tribunales.

Cuando pienso en el Foro, en la fortuna de haber conocido su modo incansable y alegre de ocuparse de los demás para enfrentar, juntos, un mundo sombrío, recuerdo un concepto que Antonio Gramsci enunció en su largo encierro en las cárceles del fascismo. Con el cuerpo enfermo y agotado dejó sin embargo escrito, para quienes en lo sucesivo quisieran entenderlo, aquello del “pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”.

Salud entonces amigos y amigas del Foro!!! Por otros veinte años de amistad y lucha por los derechos.


*Director de la Clínica Jurídica en Derechos Humanos de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de La Plata

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