Inundaciones: dejar de mercantilizar la naturaleza

Una secuencia fatal vivimos cada vez que llueve un poco más de los que estamos acostumbrados en las cuencas de los principales ríos y arroyos bonaerenses. Aunque varíe unos kilómetros el epicentro de la tragedia, las escenas se repiten una y otra vez: miles de evacuados, decenas de familias que pierden todos sus efectos personales, cientos de personas que quedan sin nada porque las aguas han desbordados sus cauces e inundados sus casas, sus barrios, sus pueblos.

Una vez más cientos de pobres abandonados a su suerte, mientras que los medios y los políticos de pacotilla le echan la culpa a la naturaleza “que ha vuelto a descargar su furia sobre la gente” o, si no, al demasiado agitado “cambio climático”.

Una vez más se escuchan los mismos reclamos y las denuncias de falsas promesas de obras salvadoras. Voces altisonantes, probablemente a tono con la gravedad del momento que, sin embargo, no explican lo fundamental. Es que la ecuación no es inundaciones versus obras faltantes, porque no existen las obras salvadoras, las obras mágicas.

Nadie niega que llueve de manera más concentrada, seguramente por efectos del cambio climático, responsabilidad exclusiva de los países centrales. Pero en el tema de las inundaciones la esencia del problema reside en la utilización indiscriminada de la tierra por parte de los especuladores inmobiliarios de siempre, que cuentan con el silencio cómplice de los funcionarios (muchas veces socios).

La proliferación de barrios cerrados como ilusión de la seguridad individual, ha llevado a que se ocupen de manera indiscriminada los valles de inundación y humedales ribereños. Tanto en el Río de la Plata como en las principales cuencas de ríos y arroyos de la provincia de Buenos Aires. Cuencas hidráulicas donde surgieron como hongos urbanismos privados.

La urgencia del negocio inmobiliario no repara en nada ni en nadie. No sabe de desniveles, sistemas naturales y cauces. No entiende que los humedales cercanos al río de la plata y a las cuencas que en éste tributan son parte integrante de la cuenca misma, y que están allí -justamente- para retener lluvias excesivas.

Vamos a repetir hasta el hartazgo que los humedales son la recarga de los ríos subterráneos y además son los que absorben el exceso de agua y regulan el movimiento (crecida) de los principales ríos y arroyos de cada una de las cuencas.

Aquí se construye Pueblos del Plata

El impedir el natural funcionamiento de los ríos con enormes “emprendimientos” inmobiliarios hace que cuando existe gran acumulación de agua la misma busque sus viejos reservorios ahora ocupados y escapen así hacia las partes bajas de las ciudades. Así es como llegan al lugar los medios de comunicación. Antes -siempre- el agua arrasó con los más pobres a los que el sistema obliga a vivir en las orillas de los ríos, arroyos o zonas inundables. Cíclica realidad que atenta contra la salud y el bienestar de las personas, que en muchos casos varias veces al año sufre la penuria de las inundaciones.

En estos días las cuencas de los ríos Luján, Areco y Arrecifes fueron el epicentro de la mayor desgracia, pero el problemas se repitió en una parte sustancial de las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, como hace unos pocos meses fueron Córdoba y el Norte argentino y hace dos años La Plata, Berisso y Ensenada. Hoy en la provincia de Buenos Aires hay 40 municipios que están -literalmente- bajo el agua.

Obras que no resuelven

Otro culpable de lo que pasa en Buenos Aires cuando llueve son las obras faraónicas, que influyen por acción u omisión. La ecuación es simple: las obras se dividen en dos grandes grupos: las que nunca se harán y las que se hacen con un criterio electorero y cortoplacista y agravan la situación, como el anillo de protección de 14 kilómetros de extensión en Berisso, o el puerto de La Plata.

Y las que se prometen y no se hacen, tampoco resolverían nada. No son obras las que faltan, sino una planificación urbano ambiental que evite evitar la canalización y entubamiento de los arroyos, no ocupar los valles de inundación de los ríos y arroyos, proteger los humedales y detener la construcción de barrios cerrados que los alteran. En definitiva: no negar e intentar modificar los cursos de agua ni construir sobre ellos.

En Luján el problema sólo se resuelve demoliendo los barrios cerrados que ocuparon los humedales y valles de inundación en la cuenca baja del principal río de la región, devolviéndole a éste su cauce natural para que sus aguas corran libremente hacia su desembocadura, a la que también hay que volver a dejar libre de obstáculos.

Los gobiernos, que poseen departamentos de hidraúlica saben como son los registros históricos de inundaciones y como es el comportamiento de las cuencas, deben ubicar cuales son las zonas de riesgo de inundación -no es difícil, decenas de estudios y el saber popular las señalan- y prohibir la construcción en ellas.

En la provincia de Buenos Aires hay que modificar el Código de agua que determina que 5 años es tiempo suficiente para definir cuáles son las zonas de riesgo, cuando la cantidad mínima de años, según los científicos, debería ser no menos de 100.

También hay que derogar las recientes modificaciones al Código Civil y Comercial que redujeron de 35 a 15 metros la distancia que debe quedar libre a cada lado de un río, lo que permite construir más cerca de los mismos y obstruir así los valles de inundaciones.

En definitiva, se debe terminar con el negocio que denunció Antonio Brailovsky: poner más gente en zonas inundables, para luego realizar más obras inútiles.

No hacen falta decenas de obras, hay que concentrarse en una: detener la mercantilización de la naturaleza, dejar de construir sobre los bienes comunes como son los humedales y valles de inundación y crear un plan de urbanización que no empuje a los pobres a vivir en las zonas inundables o en las orillas de los ríos y arroyos. Así será como en la próxima lluvia intensa no miraremos a las nubes pidiendo clemencia. Las respuestas están acá, y no en el pronóstico del tiempo.

 

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